Van Sant y La Muerte

15 09 2007

Dos amigos viajan en un auto.
Es un viaje largo, ninguno de los dos habla. Miran el paisaje. La cámara los sigue. Planos largos acompañados sólo por una música magistral, tímida, triste, que parece presagiar lo que pronto vendrá.
Cuando los amigos no pueden ya seguir en auto, lo dejan atrás y siguen camino. No importa en verdad qué buscan. Lo que importa es el camino, lo que viene siempre un poco más adelante.
Los amigos se pierden. Es un gran desierto donde no hay vida, excepto ellos dos que pronto comienzan a morir.
Buscan solución a algo que no la tiene. Están perdidos en la gran nada y no saben donde ir. Están perdidos y solos, aun estando acompañados por el otro.
La contemplación de este lugar, ellos inmersos en él. Un lugar del cual pareciera imposible poder escapar. El lugar es un gran desierto, árido, plano a ratos, lleno de cumbres inalcanzables otras veces.
Todo termina en una gran zona blanca, donde la muerte, al fin, se hace presente. Uno de ellos muere y quedará atrás, recostado en esa gran cama blanca. Pero ambos ya están muertos, quizás desde hace mucho tiempo. Ese lugar, ese gran desierto que bien podría haber sido la vida completa, se encargó de destruirlos.

Chicos en una secundaria.
Un auto avanza zigzagueando por una calle. El auto se detiene. El hijo saca al padre del volante y comienza a manejar él. Su padre está demasiado borracho para continuar.
Llegan a la escuela y el chico entra. Vemos a los otros compañeros que están ahí. Cada uno hace su vida. Algunos estudian y piensan en lo que su futuro les depara, otros quieren sólo vivir la vida al momento. Niñas que luego de comer van a vomitar a los baños, como si esto fuera la cosa mas común del mundo.
Y están los otros, los olvidados. Los que, por algún motivo, no son aceptados, los que tiene rabia y odian a todos los demás. Los que creen que han sido castigados por algo que no alcanzan a entender. Los que viven con las burlas y que cada día que pasa su odio se hace mas grande.
Hasta que explota.
Asistimos a la muerte de los que antes habíamos conocido, a los que acompañamos por pasillos interminables de esa escuela. A los que vimos soñar, perder el tiempo, amar, discutir, investigar. Todos caen por igual. Frente a la rabia, al odio.
La muerte llena el lugar antes rebosante de cosas.

Perdido y solo.
Deambula por una casa en medio de un bosque. Seres a su alrededor que le hablan y a los que él poco escucha. Poco de vida le queda dentro a este personaje como para responder más que por monosílabos.
Juergas interminables a las que este ser rubio, con gorra de cazador, no asiste. Ajeno a esa vida que alguna vez tuvo y que cada minuto que pasa, más y más lejos está.
Algunas personas lo buscan. Van a su casa y no lo encuentran. Lo buscan porque tiene obligaciones, las cuales él no quiere atender. Lo buscan por dinero, por lo que él simboliza, no por amistad, no por cariño.
Nadie ya se preocupa más que por sí mismo.
El chico rubio se sienta en el bosque, mira el agua correr.
El chico rubio se droga. El chico rubio escucha a personas que le piden consejo, ayuda.
El chico rubio canta con todas sus ganas, porque lo necesita, porque es su forma de sobrevivir, de gritar con ganas y de tratar algo que ya no es capaz de hacer más.
Antes de su muerte ya no se le recuerda. Antes de su muerte ya está olvidado y es alguien distinto a quien siempre quiso ser.
El chico de la gorra de cazador muere solo.

Gerry, Elephant, Last Days.
La trilogía de la muerte, como le dio por llamarla a su director, Gus Van Sant.
Trilogía detestada por muchos. Amada por otros, en los que me incluyo.
De ella se ha dicho que es aburrida, que nada pasa, que su carácter contemplativo es exasperante.
Se le ha acusado de soberbia y falsa.
Es extraño que pase esto. En donde otros ven todo lo anterior, veo mucha más vida que en incontables otras obras.
Claro que hay mucho estilo en cada una de las tres partes. Pero es un estilo con un propósito atrás. No es algo que queda en la mera superficie, lo que tantas veces ocurre en películas mucho mas conocidas o “comerciales”. Sin ir mas lejos, aquí en Chile, hace unos años atrás se hizo un largometraje llamado “Fragmentos Urbanos”, que constaba de, no lo recuerdo bien pero creo, 6 cortos Cada uno de ellos trataba el tema de la muerte. Cada uno de ellos muy estético, con historias oscuras, enrevesadas, caóticas, sobrenaturales. Cada uno de ellos falso, impersonal. Ni una de estas historias, ni todas juntas llegan a esbozar en medida alguna lo que cualquiera de las tres películas por sí sola es capaz de lograr.
Hay mas realidad y madurez en la obra de Van Sant, que en la obra de muchos intelectuales
Pocas veces había asistido a un grupo de películas donde la soledad, la alienación, el desgano, la rabia; estuviera tan presente, tan bien retratada.
Luego de ver estas películas es poco lo que queda por decir.
En especial cuando con tan pocas palabras se ha dicho tanto.


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